Este relato nació de un juego.
Hace años una compañera sugirió un reto Storyteller, un juego de imaginación y narrativa en el que lanzas unos dados y te obligas a construir una historia a partir de las palabras que salen.
En este caso fueron seis. Todas las palabras que aparecen en mayúsculas son las que dictaron el rumbo del texto. No hubo esquema, ni personajes previos, ni intención de “contar algo concreto”. Solo dejarme llevar y ver qué aparecía.
Lo curioso es que, viéndolo ahora con distancia, ya estaban ahí muchas de las cosas que sigo escribiendo hoy.
No es un texto perfecto ni pretende serlo.
Es un ejercicio. Un juego. Sin más… Y me he propuesto rescatar alguno de ellos.
Con una maliciosa sonrisa dibujada en su siempre impertérrito rostro, Marcus lo empujó con fuerza al interior del EDIFICIO. Fue un «corre, ve y husmea» en toda regla. Le gustaba verlo al límite, ponerlo en las últimas, hacer que oliera el peligro. Era la LLAVE para que después, comido por el miedo, corriera hacia él y se aferrara a sus muslos, implorando protección. Y eso le llenaba el corazón y el pecho de sentimientos palpitantes.
No sabía hacerlo mejor: era su manera de decirle que lo amaba.
A pesar de que su unión era un contrato de corte inmortal e irrompible; a pesar de haber cerrado el CANDADO alrededor de su cuello de por vida; a pesar de todo eso, Marcus seguía angustiándose cada vez que el hombre se alejaba de él. No podía evitar pensar: ¿y si no vuelve?
Entonces, cuando lo hacía, cuando regresaba a su lado, la frustración y las ansias lo empujaban a ponerlo en situaciones como aquella. Lo llevaba al límite, le hacía entender que solo él era dueño y señor de su vida, que le debía lealtad y sumisión si no quería despertar con el corazón atravesado por una FLECHA.
Lo quería. Él tenía que saber que lo amaba, ¿no?
No lo había matado… ¿no era eso suficiente muestra de todo su amor?
Después de aquella escena vino una nueva ausencia, y su corazón se apretó de un modo que solo encontró una salida posible para la angustia. La violencia del Rey era por todos conocida y, en los últimos años, solo una cosa lograba aplacar sus ansias de aniquilar. El humano.
Solo cuando regresaba, todo volvía a la normalidad. Aquella vez no fue distinto.
Marcus se sentó pensativo en su trono de piedra. Los humanos, a veces, eran demasiado complicados: demasiado débiles, demasiado estúpidos. El Rey jugueteaba con una BRÚJULA entre sus manos, moviéndola de un lado a otro para hacer girar la aguja, siempre señalando el norte.
Alzó la mirada y lo vio allí, postrado, con la cabeza gacha, observando las puntas de los dedos de las manos que descansaban sobre su regazo.
—Ven —ordenó Marcus.
El hombre se levantó para obedecer.
Cuando lo tuvo cerca, Marcus tiró de él para hacerlo caer a sus pies. Una vez allí, el Rey alzó la mano y la abrió poco a poco, mostrando lo que escondía en su interior. Un destello refulgió en la sala vacía, iluminándolo todo, tiñendo el ambiente con un aura fría y azulada.
El hombre dudó unos instantes. Miró el objeto con forma de PIRÁMIDE que descansaba en la palma de su Rey y después alzó la vista para observar su rostro. Marcus asintió con un leve gesto de cabeza.
—Es tuyo, si lo quieres —dijo el Rey—. Soy tuyo, si me aceptas —añadió con voz grave y dominante.
—Mi Rey… Esto… esto es… —balbuceó el hombre.
Cuando rozó el objeto mágico, una descarga eléctrica lo recorrió por entero, haciéndolo estremecerse de arriba abajo por su fragilidad. Marcus se apresuró a recogerlo y a abrigar aquel cuerpo febril, acomodándolo en su regazo.
Observó entonces sus facciones y pensó que aquel hombre había cambiado la percepción de su mundo de un modo inimaginable. Lo amaba por encima de cualquier otra cosa y, por él, estaría dispuesto incluso a romper todas las reglas establecidas.
Ya lo había hecho.



